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Stalin
PostPosted: Wed 6th Feb 5:15 pm Reply with quote
Parménides
Joined: 06 Feb 2008
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Favor de vertir sus opiniones sobre Pepe Stalin; pendejos y provocadores favor de abstenerse.

Saludos. Wink
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PostPosted: Wed 6th Feb 5:41 pm Reply with quote
dunkeleith
Joined: 06 Feb 2008
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Mi opinión sobre Stalin llevaría tiempo expresarla, conste que al tratarse de una figura tan grande y siendo como somos personas maduras hay que analizarlo desde un punto de vista amoral, o si se prefiere neutral.

Para empezar se le acusa de haber matado a 20 millones de personas, lo cual está demostrado que no es así, todo fué un hoax propagandístico.

Creo que con esto ya se puede iniciar una buena discusión.
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PostPosted: Wed 6th Feb 5:53 pm Reply with quote
dunkeleith
Joined: 06 Feb 2008
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Y bueno, Stalin no forma parte del foro de ciencia.
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PostPosted: Wed 6th Feb 5:56 pm Reply with quote
Parménides
Joined: 06 Feb 2008
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También es de ciencias sociales. Rolling Eyes


Last edited by Parménides on Wed 6th Feb 6:02 pm; edited 1 time in total
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PostPosted: Wed 6th Feb 5:56 pm Reply with quote
TieferVerstand
Joined: 06 Feb 2008
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Location: Neu Schwabeland




Por lo visto el siglo XX fue de las propagandas genocidas...

Creo que el tipo a modo ruso hizo lo que tenia que hacer y no era mejor ni peor que sus contrapartes hipócritas anglo-sajonas.

Se libró de que invadiendo Polonia no le declarara la guerra Francia ni Inglaterra ah que cosas tan raras de la historia.

Me da hueva le tipo pero...

Eso si se trono a un buen de polacos incluyendo lso que le gincaron a Alemania.

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Der krieger Wolf
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PostPosted: Wed 6th Feb 5:58 pm Reply with quote
TieferVerstand
Joined: 06 Feb 2008
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Parménides wrote:
También es de ciencias sociales, pendejo. Rolling Eyes



No empecemos con esto

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Der krieger Wolf
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PostPosted: Wed 6th Feb 6:03 pm Reply with quote
Parménides
Joined: 06 Feb 2008
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TieferVerstand wrote:
Parménides wrote:
También es de ciencias sociales. Rolling Eyes



No empecemos con esto


Ok, editado.
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PostPosted: Wed 6th Feb 6:04 pm Reply with quote
dunkeleith
Joined: 06 Feb 2008
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Mi opinión sobre este tema, y metiendo a los nazis por el medio es que la ideología democrática dominante tenía que establecer una barrera psicológica contra sus rivales: el socialismo, el nazismo, también contra la iglesia católica exagerando los crímenes de la Inquisición.

De esta manera la democracia se convirtió en el único lugar seguro y la única alternativa viable.
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PostPosted: Wed 6th Feb 6:05 pm Reply with quote
dunkeleith
Joined: 06 Feb 2008
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Es cierto, pero la palabra ciencia me sugiere mas bien ciencias duras, aunque Stalin lo era. Very Happy
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PostPosted: Wed 6th Feb 6:06 pm Reply with quote
Parménides
Joined: 06 Feb 2008
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dunkeleith wrote:
Mi opinión sobre este tema, y metiendo a los nazis por el medio es que la ideología democrática dominante tenía que establecer una barrera psicológica contra sus rivales: el socialismo, el nazismo, también contra la iglesia católica exagerando los crímenes de la Inquisición.

De esta manera la democracia se convirtió en el único lugar seguro y la única alternativa viable.


¿Cuál democracia?
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PostPosted: Wed 6th Feb 6:13 pm Reply with quote
dunkeleith
Joined: 06 Feb 2008
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Parménides wrote:


¿Cuál democracia?


Es una buena pregunta.

La ideología liberal-democrática tiene algunos tótems, uno de ellos es el libro "La sociedad abierta y sus enemigos", de Popper, el cual no he leído pero conozco por encima, en el se establecen algunas de las directrices del Imperio, esto es: la democracia occidental al estilo anglosajón y por supuesto satélite de EEUU es el bien, con sus altísimos valores de libertad, igualdad, derechos sociales, etc...

En oposición a esto están las sociedades cerradas, que todos conocemos.

No he leído el libro pero me parece una tremenda mamada, y si al principio estuvo escrito con buena intencion con el tiempo se convirtión en una justificación de cosas que no estaban bien.

Pero si nos damos cuenta de que por ejemplo el mito de los 20 millones es falso entonces podemos considerar que detrás de todo aquello había mas malicia de la que le suponíamos.
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PostPosted: Wed 6th Feb 6:39 pm Reply with quote
TieferVerstand
Joined: 06 Feb 2008
Posts: 97
Location: Neu Schwabeland




Cada que oigo democracia me dan ganas de desenfundar mi aram.

H. Goering.


A mi me parece que esto de la democracia no e smas que una tomadota de pelo, a mi al final de cuentas no me preguntaronen que modelo de gobierno quería vivir, la democracia es en mi caso una imposición, peor aun y mas serios, cuando la democracia se hac mediatica como la sporquerias de las pasadas elecciones noq ueda mas que citar con orgullo al gorde Goering

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Der krieger Wolf
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PostPosted: Thu 7th Feb 3:02 pm Reply with quote
Sirius
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Joined: 15 Jan 2008
Posts: 541




http://www.istor.cide.edu/archivos/num_17/textos3.pdf

Un hombre que no cree en el destino
JOSÉ STALIN
El vencedor de vencedores*
Emil Ludwig (1945)
*
Traducción del alemán de Raymond Henry (1945).
Traducción del francés de Arturo Vázquez Barrón (2003).

Entre las paradojas del marxismo aplicado figura también el dogma según el
cual es el número, y no el individuo, lo que hace la historia. Sin embargo, en ninguna
parte el culto a los héroes está más desarrollado que en las dos naciones que
–aunque sea por razones muy diferentes– se defienden durante todo el día contra
el individualismo: los Estados Unidos y Rusia. Ningún jefe de Estado autoritario
ha visto su figura exaltada tan alto, tan unánimemente divinizada como Stalin.
Cuando a él mismo le hice ver esta contradicción, me contestó: “No hay una sola
palabra al respecto en Marx; se trata de una pura invención de los profesores alemanes.
Entre nosotros, el factor personal, el hombre considerado como expresión
de la voluntad popular, desempeña por el contrario un papel importante”.
Así hablaba en 1931, durante la única entrevista que tuve con él; es cierto que
duró tres horas, que se había preparado con cuidado y que después su publicación
corrió a cargo de los rusos. Desde entonces, lo único que he podido hacer de vez
en cuando es comparar las palabras que me dijo con las que ha dicho en conversaciones
ulteriores, ya sea que se hayan hecho públicas o que se hayan mantenido
en la esfera de lo privado, pero que se remontan todas a estos últimos años; porque,
en realidad, sólo desde hace cinco años es cuando se vuelve menos inaccesible.
Sin embargo, en conjunto siguió siendo igual a sí mismo, y después de éxitos
tan inmensos, eso es una señal que habla en su favor. Stalin no tiene nada de la
recobrados
megalomanía que caracterizaba a los dos dictadores caídos; incluso, a él le preocupa
mucho menos su gloria que a la mayoría de los líderes democráticos de
nuestra época.
A sus ojos, hay dos cosas infinitamente más importantes: la grandeza de Rusia,
por un lado, y por el otro su propia revancha, la de él, Stalin. Estos dos objetivos,
los mecanismos más profundos de su acción, nunca están –si lo entiendo bien– en
contraposición, sino que se ligan y se hermanan. Así como los historiadores caen
en el error, ya de silenciar la ambición de un hombre de acción, ya de interpretarla
como debilidad, en lugar de reconocer en ella el sublime motor de las aspiraciones
humanas, así los rusos, igualmente, han tomado del mundo capitalista este
viejo defecto y afirman que su jefe no piensa día y noche más que en el comunismo
y que lo único que pretende es hacerlo triunfar.
En realidad, Stalin, quien fue al principio un revolucionario fanático y salvajemente
internacionalista, que no pensaba más que en su clase y nunca en su patria,
poco a poco se volvió un gran nacionalista ruso, y ello, no obstante, sin renunciar
en absoluto a sus ideales. Si actualmente los dioses le dijeran: “Elige.
¿Prefieres que mañana el mundo sea comunista o que Rusia gobierne el universo?”,
optaría seguramente por el segundo término de la alternativa, y añadiría:
“¡Vaya! Por el solo hecho de la hegemonía rusa, el mundo sería comunista”.
Aquellos que quieren juzgar a Stalin en 1945, es decir en la cima de su poder,
tendrían que haberlo estudiado en sus comienzos, como intenté hacerlo a grandes
rasgos en un libro que escribió sobre él. Todo revolucionario, una vez que se ha
vuelto jefe máximo, poco a poco se vuelve conservador durante el periodo constructivo:
tan sólo vean a Cromwell. Trotsky, nacido para ser un eterno revolucionario,
perdió la partida, precisamente porque no evolucionó lo suficiente en el
sentido constructivo.
El hecho de que los mecanismos de la ambición se unen en Stalin a los de
un nacionalismo cada vez más marcado, se ve, por ejemplo, en que obliga constantemente
a sus aliados a desplazarse para ir a verlo, y en que rehúsa desplazarse
él mismo para ir a ellos. Es una satisfacción que se da, al mismo tiempo que se la
da a su país. Pero, en él, hay un segundo rasgo que resulta de una importancia
capital: se trata de la revancha que se juró a sí mismo obtener, y cuya voluntad se
expresa en su mirada escrutadora, y sobre todo en su tenebroso silencio.


Porque Stalin es menos locuaz que todos los demás conductores de pueblos
de su tiempo. Mientras que Roosevelt le hablaba dos veces por semana a la prensa,
es decir al mundo, Stalin habla tal vez dos veces al año. El lado oscuro de su
naturaleza, el cual, de manera muy eslava, iluminan de pronto repentinas carcajadas,
tiene su origen manifiesto en el deseo de vengarse de todos aquellos que alguna
vez lo combatieron.
Para entenderlo, es conveniente no olvidar que a él le llevó más tiempo que
a ninguno otro de los actuales jefes del mundo llegar al poder, y que para lograrlo
disponía de menos medios que ellos. En efecto, después de haber sostenido, de
los 15 a los 35 años, una lucha incesante contra la clase dirigente, después de haber
tenido que sufrir cinco destierros y muchas más condenas, después de haber
pasado toda una larga juventud en la ilegalidad permanente, sin poder expresarse
más que en revistas prohibidas y en reuniones clandestinas, todavía le hizo falta,
durante otros quince años, aspirar en vano a gobernar. Más aún, de los 35 a los 50
años no se le permitió trabajar en un primer plano. Siempre veía que las candilejas
iluminaban a varios de sus compañeros de partido, incluso cuando, desde las
sombras en las que se mantenía, él mismo ejercía ya una gran influencia. La conspiración,
la intriga y la policía secreta le resultaron constantemente familiares, en
un sentido pasivo primero, y activo después.
Fue sólo después de haber exiliado a Trotsky, en 1929, cuando en verdad se
volvió el primero en el partido y en el Estado. Pero incluso entonces se vio precisado
a instruir, durante años, el proceso de sus antiguos camaradas y a condenar
y mandar ejecutar a un gran número de ellos, antes de poder gobernar solo, según
su entender. Poca gente conoce hoy los pormenores de estas luchas intestinas
que no terminaron sino hasta 1940, con el asesinato de Trotsky. Stalin, cuyos métodos
no difieren en lo esencial de los de los otros dictadores, hizo que todos,
amigos y enemigos, tocaran tierra. La evolución posterior resultaba luego tan fácil
de prever que, en un libro que data de 1938, escribí que Stalin sería el único dictador
que sobreviviría a la guerra que se avecinaba.
¿Por qué razón, a pesar de todas las violencias, él no podrá nunca terminar
como Hitler y Mussolini? ¿De dónde sacamos que a Stalin, sin importar cómo
haya muerto, lo cubrirán de laureles, lo tallarán en mármol y lo fundirán en
ce? El solo hecho de haber ganado una guerra, por más gloriosa que haya sido esa
victoria, no sería garantía suficiente para tantos honores.
Todos aquellos de nuestros contemporáneos a quienes no ciega el eslogan de
la “amenaza bolchevique” conocen la razón siguiente: Stalin dirigió el movimiento
del porvenir, mientras que los dictadores caídos dirigían el movimiento del pasado.
Todos, incluso siendo adversarios del comunismo, deben reconocer que la
idea decisiva del siglo, a saber, la igualdad social, primero la llevaron a cabo los rusos,
o por lo menos intentaron hacerlo, mientras que los demás trataron de poner
en práctica un nacionalismo desgastado. Eran el siglo XIX rezagado. Pero ellos,
los rusos, mostraban el camino del siglo XXI.
Lo anterior no impide que los gigantescos éxitos militares de Stalin, que rebasan
los de los otros aliados, no podían dejar de crearle lazos cada vez más profundos
con el pueblo que consiguió esos triunfos en el campo de batalla. El
hecho de que Stalin, junto con Chang Kai-chek, sea el único estadista de nuestro
tiempo que haya sido su propio generalísimo, transformó al revolucionario, que al
principio estaba al servicio de una idea, en un hombre al servicio de su patria.
Cuando en Stalingrado detuvo la conquista del mundo llevada a cabo por un
aventurero, actuó precisamente como un ruso que quería detener a su poderoso
vecino y echarlo de su país. Más aún: ya en su primera campaña, cuando Stalingrado
se llamaba todavía Tsaritsin, fue él quien, como general, hizo que el destino
cambiara, y tal vez de manera más decisiva que Lenin.
Cuando le pregunté, en nuestra entrevista, si tenía la impresión de ser el sucesor
de Pedro el Grande, se echó a reír, con su risa baja y atronadora, y se burló
de semejante comparación. Pero cinco años más tarde dio la orden de exaltar a
Pedro el Grande, haciéndolo héroe de una película nacional, y hoy todo niño de
escuela está obligado a compararlo con él.
La única diferencia es que Stalin, muy lejos de desear obtener, como Pedro,
enseñanzas de Europa, lo que desea, por el contrario, es proporcionarle a Europa
su conocimiento. Los Estados Unidos, que están mucho más emparentados con
la Rusia moderna de lo que se figura la mayoría de los norteamericanos, para Stalin
no sirven sino para proporcionarle máquinas. Antes, en ciertos aspectos –al
menos en mi presencia–, parecía que sobreestimaba la pretendida igualdad nor
teamericana. Hoy, en cambio –quiero decir el año pasado–, escuché a Donald
Nelson contar cómo, en su entrevista con Stalin, éste había tomado un lápiz y, a
una pregunta del norteamericano en la que le pedía decirle lo que los Estados
Unidos deberían venderle después de la guerra, había escrito: “Digamos,
por ejemplo, 50 000 locomotoras”. ¿No es ese el tono de un Gulliver, o de un
Gargantúa?
Ese lápiz lo recuerdo muy bien, y, para hacer la confesión, diré incluso que lo
sustraje del escritorio del dictador. Stalin, en efecto, tiene la costumbre de dibujar
sin descanso cuando recibe a alguien; no son nervios de su parte, pero así tiene un
pretexto para no mirar a su interlocutor. Esta costumbre le cuesta al Estado ruso
una montaña de papel, una hoja tras otra de misteriosas figuras esféricas o angulares,
que se divierte en prolongar a la derecha o a la izquierda. Una sola vez, cuando
le hablaba yo de Trotsky, trazó rápidamente unas rabiosas líneas retorcidas.
Stalin sabe esperar. Si me fuera preciso definir su principal cualidad, diría que
es la paciencia. Pero al cabo de una espera tan larga, ahora quiere recoger los frutos.
Y tiene derecho a hacerlo, por haber sido él mismo el artesano de sus inauditas
victorias. “No soy más que un alumno de Lenin”, me dijo en dos ocasiones;
pero yo discernía muy bien, a través de estas palabras, que no era más que pura
propaganda. Desde esa época, uno de los mayores escritores de la nueva Rusia
me decía: “Si lo perdiéramos, le levantaríamos un mausoleo todavía más vasto
que el de Lenin”.
Hoy tiene la posibilidad de que las generaciones presentes y futuras le concedan
todos los títulos de los que disponen; no sólo reconstruyó totalmente el inmenso
imperio ruso y supo explotar en diez años riquezas naturales que a los
norteamericanos les llevó un siglo poner en relieve –ciertamente, con la técnica
mucho más primitiva de aquella época–, sino que también, más tarde, en el momento
del peligro supremo, defendió a Rusia, para lograr finalmente derribar a su
formidable vecino. Con respecto a Lenin, no tendría yo problema en comparar a
Stalin con Branly, quien inventó la telegrafía sin hilos, ya que Hertz había descubierto
las ondas antes que él. Pero al mismo tiempo, Stalin fue también el Marconi
de esta idea, en cuanto que supo organizar su tarea a una escala gigantesca.
Stalin conoce a los alemanes y sabe sacar partido de sus debilidades. Próximamente
debe trasladarse a Berlín para la reunión de los “Tres”, y recordará quizá

una pequeña aventura que le ocurrió en esa ciudad en 1906, aunque los profesores
teutones pretendan que nunca se ha parado por ahí. Esta es la anécdota, que
él mismo me contó, para burlarse de la mentalidad disciplinada del ciudadano
alemán:
Nos habíamos trasladado a la estación de Charlottenburgo, mis camaradas del partido
y yo, para ir a una reunión que se estaba llevando a cabo en el centro de Berlín. Era
tarde y llevábamos prisa. En la puerta que da al andén, el empleado encargado de
perforar los boletos no estaba ahí. Y yo, sin pensarlo dos veces, me disponía a pasar
para subirme al tren. Pero mis compañeros me detuvieron: el hecho de que el empleado
no estuviera en su lugar no autorizaba a nadie a pasar al andén con el boleto
sin perforar. Y ahí tiene a mis revolucionarios alemanes clavados en su lugar, como la
multitud hipnotizada ante la línea trazada con gis en el suelo, hasta que, carcajeándome,
pasé delante de ellos y los obligué a seguirme.
Ahora Stalin sabrá poner esta cualidad específicamente alemana al servicio de
sus intereses, puesto que nadie se dejará seducir más fácilmente por la educación
rusa que los prusianos, cuya pasión es la de obedecer al Estado y al uniforme.
Reinar sin reservas sobre la vieja Prusia, Sajonia, Turingia, una parte de Mecklemburgo,
es decir tal vez sobre una buena mitad de Alemania, tal es el premio
supremo que su victoria le confiere a Stalin. Al mismo tiempo, se venga una vez
más de aquellos de sus antiguos camaradas a los que condenó a muerte y que,
hace más de veinte años, fracasaron en lo mismo en lo que él acaba de triunfar.
Y más: lo increíble se lleva a cabo. Unos seis Estados europeos se vuelven comunistas,
y sin revolución.

El nacionalista, en Stalin, le abrió el camino al revolucionario;
y su vejez ve caer sobre su delantal los frutos maduros que su oscura
juventud había intentado recoger mediante la violencia. Empezó saqueando un
banco y terminó como terminan los grandes banqueros.
Si se piensa que Stalin no aspira a ninguna de las satisfacciones con las que los
jefes de Estado burgueses engalanan su existencia –mujeres bonitas, dinero,
obras de arte, y aunque no fuera más que una colección de timbres, como Roosevelt–
se entiende mejor la silenciosa manera que tiene de vengarse del universo
capitalista que lo despreciaba hace algún tiempo, cuando invita a sus tes a una conferencia. Cuando después de haberlos hecho hartarse de champaña
y caviar, no los suelta sino al sonar las cinco de la mañana, tal vez se ríe con todo
el bigote, metiéndose él mismo a la cama a las cinco y media. Es justamente en
este papel en el que sus mejores adversarios ideológicos más lo aprecian. Las palabras
finales que oí rodar de los labios de Roosevelt, en enero de ese año, la última
vez que lo vi, fueron: “Stalin is all right!”, pronunciadas con una sonrisa.
Sin embargo, este tipo de naturalezas solitarias, lentas y pesadas, nada olvidan
de lo que les hicieron; tienen el tenaz rencor de los elefantes. Debido a que, en
su vida, a Stalin nadie le hizo nunca ningún bien, le resulta más fácil conservar en
la memoria todo lo malo que le hicieron. Un pequeño país como Suiza se pronunció
contra la entrada de Rusia a la Sociedad de Naciones, pues bien, eso tiene
que pagarlo caro, aunque tal actitud se deba al error de un político y no a la voluntad
del pueblo helvético. Y por buenas que parezcan hasta ahora las relaciones
entre Stalin y Churchill, el primero no olvidará que el segundo, hace veinticinco
años, quiso aplastar el comunismo.
Si a esto ustedes replican que un verdadero gran hombre debería estar por
encima de tales sentimientos de represalia, es que han aprendido a conocer a los
grandes hombres en los manuales escolares, y no tal como son, de carne y hueso.
Y no obstante, al final de este breve bosquejo que resume lo que escribí en un
libro de trescientas páginas, necesito expresar mi profunda convicción de que, a
pesar de todo, y teniendo plena conciencia de los peligros que tal cosa lleva implícitos,
veo en la vida de Stalin una de las garantías de la paz europea. Creo firmemente
que su muerte precipitaría la próxima guerra, en vez de alejarla.
Cuando, después de tan enormes éxitos, se gobierna una nación como amo
indiscutible y se va llegando a los setenta años, no se ponen en juego, en una
nueva guerra, tantos resultados obtenidos, a menos que se sea un fanático o un
neurasténico. Ahora bien, Stalin es el prototipo del equilibrio intelectual y de la
salud. Después de quince años de una labor casi sobrehumana, en ningún caso
querrá arriesgar el todo por el todo, simplemente porque los ingleses lo presionan
para que renuncie al 20% de su programa en Polonia o en Trieste. Y por su parte,
tampoco Churchill tendrá mayores deseos de correr el mismo riesgo. Mientras
más tiempo pasen en el gobierno hombres como estos, más tiempo tendrán de
envejecer en el poder, y más asegurada estará la paz del mundo. Bismarck, saturado de victorias, desde los 55 años puso fin a su trayectoria triunfal y resolvió ya
no hacer la guerra en ningún caso, aunque haya tenido la posibilidad de atacar
Francia todavía en dos ocasiones más. A partir de cierta edad, hasta el mujeriego
empieza a sentar cabeza y a preocuparse de su familia más que por tener nuevas
aventuras.
Cuando le pregunté a Stalin si creía en el destino, me respondió con su voz
sorda: “No. No creo en el destino. Esas historias estaban bien para los griegos,
que se sentían guiados por dioses o diosas cualquiera. Yo no tengo el alma mística.
Si me pregunta usted si hay un sentido oculto en el hecho de que no me hayan
matado durante la revolución, no puedo decirle más que esto: cualquier otro,
tanto como yo, podría estar hoy sentado en mi sillón”.
Eso no impide que durante diez años haya hecho todo lo posible por alejar a
los demás de ese sillón. Pero durante ese tiempo dio pruebas de lo que era capaz:
se reveló constructor, legislador y un jefe de guerra de primerísimo plano. En estos
momentos, es el hombre más poderoso del planeta, al ser el único que no
puede ser derrocado.
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¿Stalin?
PostPosted: Fri 8th Feb 1:47 am Reply with quote
Lamarmota
Joined: 02 Feb 2008
Posts: 51




Definitivamente. Stalin es ejemplo del líder exitoso en cuanto a la cohesión y crecimiento de la URSS.

Además de ser un gran estratega, su figura dictatorial logró nuclear todas las estructuras del pueblo de la URSS para resistir el embate de los Nazis. Practicamente estoy seguro que de no haberse enfrentado Stalin a Hitler durante el desarrollo de la segunda guerra mundial, Rusia se hubiera derrumbado como un gigante de pies de barro.

No hay que olvidar que si los aliados ganaron la segunda guerra mundial, en gran parte fue gracias al inmenso esfuerzo del pueblo de la URSS que resistio y contuvo al inmenso ejército nazi en su territorio por mas de dos años, y que prácticamente sola, empujó y expulsó a los ejércitos alemanes de millones de soladados. Rusia puso contra la pared al ejército alemán. Ese fue un gran mérito de Stalin.

Por otro lado, existen muchos capitulos negros en el ejercicio del poder de este hombre.

Un saludo.
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Stalin
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